miércoles, 15 de septiembre de 2021

MIRA LO QUE HAS VISTO


 












CÓMO DECIRLE AL CIEGO
Mira lo que has hecho

 Es una ciudad, haz lo que quieras (*)

(Rotterdam regresa de donde antes había estado el recuerdo)

 

La memoria empieza a plena luz, con la persona puesta de pie.

El hombre que avanza somos nos, tú, por dejar de ser alguien.

Hay quienes nombran un alumbramiento, a la mente también,

a unas cuantas (o al menos varias) razones acerca de las cuales

el cuerpo, por si quedan dudas, es la hipótesis venida a menos.

Hasta los domicilios llegan fotos interpretadas, son el busilis de

plegarias para encumbrar como si nada lo sagrado. Los rostros

traicionan a las fisonomías, no dará lo mismo entrar en detalles,

preguntarle a las palabras hasta impedirles hablar. Estamos en la

realidad, pero una respuesta desusada jamás podrá demostrarlo. Por

carecer de apariencias, un sentimiento hacía las paces, como al pasar.

Aunque sea innecesario decirlo, a la salida del cine nada tenía sentido,

el silencio de algunas palabras era peor por haberlo oído en la pantalla.

“El cielo está sobrevalorado, no hay nada allí”, dice Huay en la película

de Apichatpong Weerasethakul manteniendo el secreto de la creación.

En resumen, de aquí en más las almas serán a partir de daguerrotipos

escenas cuan sombras sueñan saliendo por no morir solas tan seguido.

La intemperie de Heráclito tenía ríos de repente para impedir saberlo,

la de Rotterdam, unos puentes a veces tan vacíos por si fueran varios,

advierten de una belleza distraída que anda con ese talante llamado a

perseverar, porque también la inexistencia tiene causas, adjetivos sanos.

En medio anida cuanto ronda. Con todo eso ha hecho la noche menos,

los habitantes de pasado mañana añaden al número cero la circularidad,

aprendieron a rendir homenaje a los ojos, pudieron ver apenas después.

Por haber andado entre pitos y flautas donde Flandes adivinara la nada,

la transparencia aprecia al horario (no soy nadie para decir lo contrario),

viene la muerte –sin ser la hora– para que lo incomprensible acontezca.

Qué debería hacer la filología con razones así, ¿dejarlas venir de a una?

¿Y qué significa todo aquello de cuanto depende, si del olvido depende?

¿Qué nombre sería el conveniente para salvarla al menos por otro rato?

Rotterdam, Tenochtitlán, Montevideo, ciudades donde el destino sobra.

Cuando la mente se olvide de visitarlas, las ideas imaginarán que quieren

sentarse, descansar, como lo hacía el hombre en el cuento de Quiroga.(1)

La vida existe por separado, cede a la interpretación un modo de mirar.

A los cuadros, los artistas les dan un nombre, y a las fotos, a las de ese

día cuando la voz no supo en cuál idioma, ¿qué predicados agregarles?

Acaso lo hicimos, ya no será necesario olvidar, todo el mundo lo hace.

Rotterdam en 1937, Rotterdam, además de antes, Rotterdam. Es 1509:

Erasmo tiene puesto un sombrero; es lo primero en llamar la atención,

su tamaño, inclinado hacia lo alto por si los alisios quisieran sostenerlo.

Tiene un sombrerillo recíproco donde podría caber otra cabeza o el

Bien, si hace bien las cosas. Mi cabeza y un año por ese sombrero.

(Para no olvidarme) anoto en mi cuaderno de apuntes: “La culpa

otorga voluntad a tantísimas cosas, la belleza, a las sílabas siguientes”.

Todos en su momento hemos pensado en tener una vida disponible,

con el deseo y la memoria yendo a la morada donde ahora será hoy.

Por alguna razón, siempre es una pregunta, es solo otra la velocidad,

la enfermedad al cambiar de manos, la música, con o casi sin Mahler.

En las películas en blanco y negro el pensamiento espera parado en la

oscuridad, se ha pasado la vida ilusionándose con que también al veloz

zarzagán le pase algo alejado del origen, según algunos lo imaginaron.(2)

Y yo, por haber llegado donde llama la atención, seguía sin poder estar. 

También los tulipanes debían esperar para cruzar la calle, en eso hace la

paciencia a las apariencias semejantes a cómo fueron, previas a cada vez,

mostrando cierto parentesco con la manera de mirar a mitad de semana.

Por esos años Erasmo no era menos que Eros en orden ni que él mismo.

No era la suya la misma cara que Hans Holbein el Joven pintó, 1532, en

.esta, falta el perfil como en el retrato de Hans Holbein el Joven en 1532.

Mira hacia abajo, tal cual atisban quienes se quedaron además rodeados

de ideas que irán a pensar a otra parte repartida por varios lados, o irán,

por alguna causa a un vacío partido en dos, a la decisión de alguien más.

Erasmo tenía nariz, tan anómala ante la cual solía el lenguaje decir, Oh.

Nariz de hazañas, de resfriado enviado desde la gloria (para estornudar).

Pero no da lo mismo. En el rostro entrecerrado algo debió ser incluido;

con ojos a medio abrir, por si aún lo están, depende, aunque no se sepa

de qué, mira para saber, como si ahí, hacia allí, ¿lo veo?, estuviese yendo

la época apenas aprenda a darse por enterada, a desatar los cabos sueltos. 

Sin el eco de los inicios Erasmo no sabría qué hacer con aquella sigla de letra 

breve,  KLM, ni qué sinónimo usar para zepelín pues, la filosofía falla (3).

Una de las tantas cosas apacibles en tener que ver con la inutilidad, las otras, 

con el uso del subjuntivo cuando la mente teme oírlo por no saber cómo 

ni cuánto amar a quienes han querido primero.¿Habría ‘que’ pensarlo mejor? 

Pensar es querer contar una historia que a la belleza llegara grata, de rebote.

Ningún vestigio de esa forma podrá convencer al cuerpo humano, ningún 

plan posterior tuvo que ver con cualquier ciudad ni con la tierra por error. 

Y si vamos, ¿a 1937, a 1509, a Rotterdam aunque sea “recién hace poco”? 

No. Al hacer una pausa, la respiración cesa de hacerlo porque a su vez, 

hablar sin tener idea es detenerse donde la duración impide continuar. 

Desde ya, o allá, pero pasado mañana, la vida invade las imágenes 

con autos, aviones, Jeeps, batiscafos, porque lo único moderno 

es el alma, lo restante existe para salvarse poniendo a los diminutivos 

en remojo, preguntándole a la capital del agua ordenada mientras 

lo mismo sea. ¿En sábado, por no querer ser miércoles o viernes 

una vez al mes? En algún sitio, vaya dónde uno a saber, se hacía pasar 

por abril. Poco queda entre vocablos conociendo que no siempre ni por 

separado podrían hacer lo que a los murciélagos les dé la gana, 

todo lo cual fue por supuesto, aunque casi a menudo asimismo. 

El conocimiento, a fin de cuentas, solo usa causas por la mitad. 

Del resto, de cuanto falta por perderse, se ocupan las personas. 

En el rostro que Holbein pintó en 1532, la oscuridad encandila. 

Una naturaleza muerta, con el tiempo detenido dentro del reloj. 

En el retrato posterior a tales acontecimientos, prefacio 

de una idolatría póstuma, acomoda la luz sus amoríos  

circunstancias (4), sintiéndose sorprendida por lo mismo que le pasa 

a otros se cansa de mencionar la situación de la mirada, y hasta 

pregunta en torno. ¿Por qué la muerte no sabe parecerse un poco 

menos a la vida, si al alma lo mismo le da y en Bécquer, 

sigue habiendo golondrinas?

Recorre llanuras, rostros prestados, cada fecha a partir del origen,

y sin embargo, las huellas van a donde mayo lleva siglos esperando.

Rotterdam, 1937, Rotterdam, 2011; el cielo, es un desierto aparte.

En las imágenes con tantísimo pasado indeciso por delante, caos y

orden aprenden del día a ser idénticos a los calzoncillos de Goethe,

dueños de un predicado inclinado, obra de la multitud entre varias.

Eran rostros, había niebla, el habla planeó para darles importancia.

“Ahora no nos importa la pronunciación” dijeron, pero quién sabe.

La felicidad no tuvo necesidad de estar entreverada entre preguntas,

al perdón le dio igual todo cuanto jamás hubiese vivido o estuviera

a punto de tocar fondo, tal cual una promesa se acaba al cumplirla.

Algunos ejemplos servían al propósito, muchos no tenían ninguno.

Algo que haya estado instantes antes entendió a los sentimientos a

pesar de haber comenzado hace unas semanas a pensar de más,

tuvo en nombre de cada madre montón de otoños que habrían

servido para arrastrar al recuerdo a la ciudad queriendo ser otra.

¿Creerán de a uno los días en la desidia de las acacias en su afán,

hasta cuándo oír la cuenta regresiva con frases a través de cifras

entre árboles que llevaban adonde Jacob Groot comió arenques?(5)

Responde Erasmo, si es que luego tú o, la ciudad al despabilarse,

¿según sus luces ponían a prueba con los besos métodos nuevos,

y a lo lejos de la lógica los eucaliptos viniendo en esta dirección?(6)

Al fin y al cabo, la verdad de los bajos instintos comienza por la

impaciencia, y de ahí en más emocionada, hasta nacer de nuevo.

Queda al alcance el pasado, un gusto a nada, el pie moribundo

que podría dar el mal paso si la impaciencia se mirara al espejo.

Debió alguien haberlo hallado callando de brazos cruzados, a

medida que las cosas al escuchar dieran caza al azar del deseo

repitiendo el aprendizaje, según la ortografía lo hizo holandés.

Encontraría a continuación al eco dándose cuenta de todo, a la

casa queriendo estar de acuerdo con quien nunca abrió la puerta.

¿Qué casa sería, la de quien dio la vuelta para volver al principio?

Por entonces, era posible el pasado, ayer sería ya pasado mañana.

En el trajín de las situaciones sencillas, escuché a mi padre decir:

“Si algún día tengo monedas iré a Rotterdam a repetir la historia”.

No hubo vuelta de hoja y los ojos no saben si tuvo sentido seguir

a donde todo bien sirve al abandono ideal de los instantes en que

la vida se vio durando hacia atrás, queriendo saber qué ave llevó la

verdad donde los vencejos dejaron al siroco tal cual lo encontraron.

A su manera, la memoria mejora imágenes de los ejemplos a seguir.(7)

Escondido como puede en la invisibilidad, un barco cruza la ciudad;

al otro lado perdura aun el tiempo para decirle al día cuánto le queda.

 

( de: Mira lo que has visto
Traza Editora, 2019)
 
Eduardo Espina
 
  
(*) “Para olvidarte de todo esto que ya no da para más [cáncer de páncreas], deberías visitar una ciudad que tenga nombre largo”, me dijo de enigmática manera mi madre la noche anterior a la última vez que la vi. A Montevideo no, porque ya estaba ahí. Busqué otras. La primera que encontré fue Rotterdam. No fue la única. Encontré varias, más (el mapa está lleno de ríos, de países, y ciudades; de hidrografías, metrópolis y naciones incompletas estamos hechos), Paysandú, Tegucigalpa, Antofagasta, Roncesvalles, Reikiavik, Cochabamba, Bucaramanga, Filadelfia, Barquisimeto, Antananarivo (pocos saben dónde queda), Puchuncaví (y esta menos), Katmandú, ¡Amsterdam!, Jerusalén, Copenhague, Parderrubias, Kristiansund, Alburquerque, Marienbad no, pues temí terminar en la película de Alain Resnais y no en el balneario checo famoso por sus baños termales, tampoco Estocolmo (cuyo nombre me hace pensar en las veces cuando mi padre refiriéndose al gobierno uruguayo decía, “esto es el colmo”), Fürstenfeldbruck, Bangkok, Lappeenranta, Samarcanda. Y otras que ya no me acuerdo ni recuerdo. Terminé yendo a Rotterdam. “A Flandes volo ir”, escribió Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, aunque la ciudad portuaria descubierta al tun tun no pertenece a la región flamenca (lo mismo da si uno la visita por primera vez). Así estaba escrito, o por las dudas lo escribí yo en el libro del destino. Holanda me pareció un país hospitalario. Su nombre parece estar saludando.
 
(1) “El hombre muerto”, cuento publicado en 1920. Autor, Horacio Quiroga.
 
(2) Gracias al auspicio y apoyo del poeta holandés Bas Kwakman tuve acceso a varios cortometrajes documentales sobre Rotterdam, filmados antes, durante, y después de la segunda guerra mundial, y que nunca habían sido exhibidos. En uno, de 1937, aparece un zepelín. En otro, de 1945, primer documental en ser filmado una vez terminada la guerra, el paisaje es desolador; Rotterdam está arrasada. Arrasada, pulverizada. Aciberada. La han convertido en lo que ya nunca volverá a ser. Entre las ruinas humeantes aparece un cartel de mediano tamaño que dice: “KLM”. Debajo de las tres letras en mayúsculas hay una flecha indicando dónde queda el aeropuerto. El primer signo advirtiendo que tras tanta destrucción la normalidad estaba a punto de volver, apuntaba a lo alto, al cielo. A lo lejos se veían los restos de un semáforo a medio caer.
 
(3) 3 Ver nota 2 .
 
(4) Un nativo de Rotterdam, sobreviviente de los bombardeos alemanes, me contó que entre los escombros de la casa frente a la suya encontró una estilográfica, la cual, según dijo, debió haber pertenecido a la mujer que vivía en ese lugar, y que terminó tal cual Génesis 3: 19 lo vaticina con voz implacable: “polvo eres y en polvo te convertirás”. En su último acto mundanal la imaginé escribiendo una carta de amor y muerte en la oscuridad previa a la debacle total. De ahí el verso, “la luz acomoda los amoríos a circunstancias”.
 
(5) Jacob Groot (1947- ) notable poeta holandés contemporáneo.
 
(6) Oí decirle a un profesor de yoga, quien en sus ratos libres pintaba paisajes y naturalezas muertas, que el beso había sido inventado en Holanda, algo que no niegan ni confirman los cuadros “El beso”
(1859), de Francisco Hayez, y “El beso” (1907), de Gustav Klimt.
 
(7) Al terminar este verso pensé: ¿qué más puedo decir del mundo que no haya ya sido dicho? Sin dar certezas de cómo ni de qué manera, llegué a la conclusión –casi única– de que la realidad es el lugar donde uno está para decir cosas de una forma no del todo póstuma.
 
 
 

Eduardo Espina nació en Montevideo, Uruguay, en 1954. Obtuvo su doctorado en Filosofía en Washington University en St. Louis, Estados Unidos. Ha sido profesor de Poesía Contemporánea en diferentes universidades de Estados Unidos y México. Publicó los libros de poemas: Valores Personales 1982; La caza nupcial, 1993, 2a. edición 1997; El oro y la liviandad del brillo, 1994; Coto de casa, 1995; Lee un poco más despacio, 1999; Mínimo de mundo visible, 2003, La imaginación invisible. Antología 1982-2015, El Cutis Patrio , 2004, Reedición en Mansalva, 2020 y Libro albedrío, Rialta Ediciones, 2021.  Ensayos: El disfraz de la modernidad, 1992; Las ruinas de lo imaginario, 1996, y La condición Milli Vanilli. Ensayos de dos siglos, publicado en 2003 en Buenos Aires por Grupo Planeta. Tsurnamis. Vol. 1. (Editorial Mansalva, 2017, ensayo). En Uruguay ganó dos veces el Premio Nacional de Ensayo: en 1996, por el libro Las ruinas de lo imaginario, y en 2000 por el libro Un plan de indicios. En 1998 obtuvo el Premio Municipal de Poesía por el libro aun inédito Deslenguaje. Ha ganado las becas del National Endowment for the Humanities y del Rotary Foundation. Sobre su obra poética se han escrito tesis doctorales, y extensos artículos de estudio fueron publicados en prestigiosas revistas académicas como Revista Iberoamericana y Revista de Estudios Hispánicos. Su poesía se estudia en universidades de Estados Unidos, Europa y América Latina, y sus poemas han sido traducidos parcialmente al inglés, francés, italiano, portugués, chino, alemán y croata. Incluido en la Enciclopedia Británica y en más de 20 antologías de poesía latinoamericana, entre ellas Medusario, del Fondo de Cultura Económica.  En 1998 obtuvo el Premio Municipal de Poesía por el libro aun inédito Deslenguaje.


NOTA DEL ADMINISTRADOR: Fue imposible diagramar este poema por las limitaciones de mi blog. Aún así creo que es valioso publicarlo, mis disculpas al autor.


lunes, 13 de septiembre de 2021

SECA LAMENTACIÓN

 














A cada uno duele el abismo salvado.
Por encima de Dios nubes desesperadas
y la ruina que huye de la perfección.
A cada uno duele su desciframiento.
Como un arco tendido
cada cuerpo defiende su indiferencia.
Los muertos viven su descanso,
¿no fue para la vida que murieron?
Pero ahora vivimos. Esto es exacto;
exactamente vive aquel que está leyendo
y sabe que le duele el abismo salvado.
Son los desposorios de la bella lectura con el hombre.
Algo impuro se desprende de todo esto.
Tú no crees más en la navegación de la mano
por una pecera donde se ha ahogado un pájaro.
¡Oh siniestra cabeza, cabeza poesía!
¿podrías aún comunicarte con la mano y el pájaro?
Nuestra naturalidad en este acto es espantosa.
Ha sido nuestro pecado soñar con los ojos abiertos:
soñábamos que el aire tenía la forma de una lira.
¿Es posible aún esta cantidad de demencia?
Pero, ¡oh risa!, ¿puede caer este fruto?
¿puede siempre el deseo morder la pulpa?
A cada uno duele su dureza como a Dios la luz.
La afinada manera de Dios
que todos esperábamos desafinada
y la congoja de la inmóvil esfera siempre justa.
Ninguno podría levantar esta victoria sin alas;
y por fin sabemos la divina medida:
somos más astutos (pie la esfinge,
-esa pestilente estatua de la piedad humana.
¿Y conocía alguien el olor de la selva aturdida?
Pero no preguntéis ya más,
pues que cae aquel cuerpo como un ojo vaciado.
 
(La Habana, 1941)
 
(Del Libro “Poesía”,
Editorial Verbum, Madrid, 2018)
Gema Areta Marigó (ED.)
Virgilio Piñera (Cárdenas, Cubas, 1912- La Habana, 1979)
 

Pueden LEER su biografía en una de sus entradas anteriores.
 


sábado, 11 de septiembre de 2021

De: EL GRITO MUDO

Composición N° 2


Distancia de la luz en arco apenas
donde el espacio roto se abandona
en viva línea de paisaje antiguo.
El grave espacio olvida su principio
diluyéndose en tiempo,
en escama de pez,
en agua simple.
No fueron más los ángeles rumor.
No fueron más los pies presagio interminable.
Se vistió la palabra de palabra.
Así vestida se marchó al suplicio.
 
 
(Del Libro “Poesía”,
Editorial Verbum, Madrid, 2018)
Gema Areta Marigó (ED.)
Virgilio Piñera (Cárdenas, Cubas, 1912- La Habana, 1979)

jueves, 9 de septiembre de 2021

VIDA DEL PINTOR

 




Aquí están los diez mil ojos que el pintor ha ocultado.
Los fue sacando de la paleta pero las damas coqueteaban en la terraza.
Sólo yo fui muerto de tanto brillo
y no podré salvarme porque no existe el pecado.

 El pintor pintaba su tela y se metía la luz en el puño
y el pueblo se prosternaba a sus pies pidiendo las cámaras del placer.
Diez veces en la misma noche hubo doncella penetrada:
una vez por cada uno de los dedos del pintor.
 
Al día día siguiente pintó al hombre que dormía la siesta
pero la luz fuése retirando del durmiente:
por eso tuvo que añadir a la figura las tinieblas.
Otra vez esa noche funcionaron las cámaras.
 
¿Cómo podían caber tantos cuerpos y tántas cámaras en el puño del pintor?
Por la mañana abrió la mano y las doncellas parlotearon.
 
Contaban cosas horribles con una gracia africana
y todas se conjuraron para no ser canonizadas.
El día que no suceda nada el pintor será devorado.
Era el color que faltaba. Tenga piedad de nosotros la nada.
 
Él invitó a sus amigos, a ver la tela que representa el parto de las doncellas
                                                                                                        (en la terraza:
cada doncella amamantaba cada dedo del pintor.
Ahora tiene el pintor diez hijos pero no podrá cerrar el puño.
En este trance terrible los amigos se orinaron.
 
 
Las doncellas sonreían con una sonrisa acuática
y la seriedad del pintor parecía una botella abandonada;
entonces fue abriendo su boca hasta la divisoria de las aguas
y las doncellas con sus hijos se fueron entrando en la nada.
 
En el puño la luz puede ahora comenzar sus trabajos.
Esta es la vida del pintor que tenía una paleta y la nada.
 
 (“Poesía y prosa”, 1944)
 
(Del Libro “Poesía”,
Editorial Verbum, Madrid, 2018)
Gema Areta Marigó (ED.)
Virgilio Piñera (Cárdenas, Cuba, 1912- La Habana, 1979)



IMAGEN: "El nido", pintura de la artista cubana Zaida del Río.





martes, 7 de septiembre de 2021

domingo, 5 de septiembre de 2021

LA SOCIEDAD PALIATIVA


 








Fuente: Diario Perfil.com

El filósofo Byung-Chul Han advierte que la pandemia nos hace preocupar solo por la supervivencia y nos hace parecidos al virus, ese ser no muerto que no hace más que multiplicarse, que sobrevive sin vivir realmente. |

 

   El dolor es una compleja configuración cultural. Su presencia y su significado en la sociedad dependen también de las formas del poder. La sociedad premoderna de los mártires tiene una relación muy íntima con el dolor. Sus espacios de poder rebosan de gritos de dolor. El dolor sirve como medio de poder. La tenebrosa fiesta, el cruel ritual de los mártires, las fastuosas escenificaciones del dolor dan estabilidad a la sociedad. Los cuerpos mortificados son insignias del poder. 
   En la transición de la sociedad de los mártires a la sociedad disciplinaria cambia también la relación con el dolor. En Vigilar y castigar, Foucault señala que la sociedad disciplinaria aplica el dolor de una manera más discreta. El dolor se somete a un cálculo disciplinario: “Unos castigos menos inmediatamente físicos, cierta discreción en el arte de hacer sufrir, un juego de dolores más sutiles, más silenciosos, y despojados de su fasto visible [...]: en unas cuantas décadas, ha desaparecido el cuerpo supliciado, descuartizado, amputado, marcado simbólicamente en el rostro o en el hombro, expuesto vivo o muerto, ofrecido en espectáculo. Ha desaparecido el cuerpo como blanco mayor de la represión penal”.
   Los cuerpos mortificados ya no encajan en la sociedad disciplinaria, que está organizada en función de la producción industrial. El poder disciplinario fabrica cuerpos capaces de aprender como medios de producción. También el dolor es integrado en la técnica disciplinaria. El poder sigue manteniendo una relación con el dolor. Las obligaciones y las prohibiciones se inculcan infligiendo dolor al sujeto que debe obedecer, hasta que se afianzan en su cuerpo. En la sociedad disciplinaria el dolor sigue teniendo un papel constructivo. Forma al hombre como medio de producción. Pero ya no se exhibe públicamente, sino que se relega a espacios disciplinarios cerrados, tales como cárceles, cuarteles, manicomios, fábricas o escuelas. 
   La sociedad disciplinaria tiene una relación básicamente afirmativa con el dolor. Jünger designa como “disciplina” aquella “forma mediante la cual el ser humano mantiene el contacto con el dolor”. Precisamente el “trabajador” de Jünger es una figura de la disciplina. Con el dolor se endurece. La vida heroica, que “aspira incesantemente a mantener el contacto con el dolor”, busca el “robustecimiento” o la “aceración”. El “rostro disciplinado” está “concentrado”. Concentra “su mirada en un punto fijo”, mientras que el “rostro refinado” de un individuo sensible es “nervioso, inquieto, mutable” y está sometido “a influencias y estímulos de todo tipo”. 
   De la cosmovisión heroica necesariamente forma parte el dolor. En un manifiesto futurista de Aldo Palazzeschi titulado El antidolor se lee: “Cuanta mayor cantidad de risa sea capaz de descubrir un hombre en el dolor, tanto más profundo será ese hombre. Uno no puede reír desde lo más hondo del corazón si antes no ha escarbado profundamente en el dolor humano”. En la cosmovisión heroica hay que organizar la vida de tal modo que en todo momento esté “pertrechada” para encontrarse con el dolor. El cuerpo como lugar del dolor es subsumido bajo un orden superior: “Ese procedimiento presupone ciertamente la existencia de un puesto de mando situado a una altura tal que, desde ella, el cuerpo se considera un puesto avanzado que el ser humano es capaz de lanzar al combate y sacrificar manteniéndose a gran distancia”.
   Jünger contrapone la disciplina heroica a la sentimentalidad del sujeto burgués, cuyo cuerpo no es una avanzadilla ni un medio para un fin superior. Su cuerpo sensible es más bien un fin en sí mismo. Pierde aquel horizonte de significado que muestra el sentido que tiene el dolor: “El secreto de la sentimentalidad moderna reside en que esa sentimentalidad corresponde a un mundo en el que el cuerpo es idéntico al valor. Lo dicho explica que la relación de tal mundo con el dolor sea la relación con un poder que ante todo hay que evitar, pues en él el dolor golpea al cuerpo no acaso como a un puesto avanzado, sino como al poder principal y al núcleo esencial de la vida misma”. 
   En la época posindustrial y posheroica el cuerpo no es avanzadilla ni medio de producción. A diferencia del cuerpo disciplinado, el cuerpo hedonista, que se gusta y se disfruta a sí mismo sin orientarse de ninguna manera a un fin superior, desarrolla una postura de rechazo hacia el dolor. Le parece que el dolor carece por completo de sentido y de utilidad. 
   El actual sujeto del rendimiento se diferencia radicalmente del sujeto disciplinario. Tampoco es un “trabajador” en el sentido de Jünger. En la sociedad neoliberal del rendimiento, las negatividades, tales como las obligaciones, las prohibiciones o los castigos, dejan paso a positividades tales como la motivación, la autooptimización o la autorrealización. Los espacios disciplinarios son sustituidos por zonas de bienestar. El dolor pierde toda referencia al poder y al dominio. Se despolitiza y pasa a convertirse en un asunto médico. 
   La nueva fórmula de dominación es “sé feliz”. La positividad de la felicidad desbanca a la negatividad del dolor. Como capital emocional positivo, la felicidad debe proporcionar una ininterrumpida capacidad de rendimiento. La automotivación y la autooptimización hacen que el dispositivo neoliberal de felicidad sea muy eficaz, pues el poder se las arregla entonces muy bien sin necesidad de hacer demasiado. El sometido ni siquiera es consciente de su sometimiento. Se figura que es muy libre. Sin necesidad de que lo obliguen desde afuera, se explota voluntariamente a sí mismo creyendo que se está realizando. La libertad no se reprime, sino que se explota. El imperativo de ser feliz genera una presión que es más devastadora que el imperativo de ser obediente. 
   En el régimen neoliberal también el poder asume una forma positiva. Se vuelve elegante. A diferencia del represivo poder disciplinario, el poder elegante no duele. El poder se desvincula por completo del dolor. Se las arregla sin necesidad de ejercer ninguna represión. La sumisión se lleva a cabo como autooptimización y autorrealización. El poder elegante opera de forma seductora y permisiva. Como se hace pasar por libertad, es más invisible que el represivo poder disciplinario. También la vigilancia asume una forma elegante. Constantemente se nos incita a que comuniquemos nuestras necesidades, nuestros deseos y nuestras preferencias, y a que contemos nuestra vida. La comunicación total acaba coincidiendo con la vigilancia total, el desnudamiento pornográfico acaba siendo lo mismo que la vigilancia panóptica. La libertad y la vigilancia se vuelven indiscernibles. 
   El dispositivo neoliberal de felicidad nos distrae de la situación de dominio establecida obligándonos a una introspección anímica. Se encarga de que cada uno se ocupe solo de sí mismo, de su propia psicología, en lugar de cuestionar críticamente la situación social. El sufrimiento, del cual sería responsable la sociedad, se privatiza y se convierte en un asunto psicológico. Lo que hay que mejorar no son las situaciones sociales, sino los estados anímicos. La exigencia de optimizar el alma, que en realidad la obliga a ajustarse a las relaciones de poder establecidas y oculta las injusticias sociales. Así es como la psicología positiva consuma el final de la revolución. Los que salen al escenario ya no son los revolucionarios, sino unos entrenadores motivacionales que se encargan de que no aflore el descontento, y mucho menos el enojo: “En vísperas de la crisis económica mundial de los años 20, con sus extremas contradicciones sociales, había muchos representantes de trabajadores y activistas radicales que denunciaban los excesos de los ricos y la miseria de los pobres. Frente a eso, en el siglo XXI una camada muy distinta y mucho más numerosa de ideólogos propagaba lo contrario: que en nuestra sociedad profundamente desigual todo estaría en orden y que a todo aquel que se esforzara le iría muchísimo mejor. Los motivadores y otros representantes del pensamiento positivo traían una buena nueva para las personas que, a causa de las permanentes convulsiones del mercado laboral, se hallaban al borde de la ruina económica: dad la bienvenida a todo ‘cambio’, por mucho que asuste, y vedlo como una oportunidad”. 
   También la voluntad de combatir el dolor a toda costa hace olvidar que el dolor se transmite socialmente. El dolor refleja desajustes socioeconómicos de los que se resiente tanto la psique como el cuerpo. Los analgésicos, prescriptos masivamente, ocultan las situaciones sociales causantes de dolores. Reducir el tratamiento del dolor exclusivamente a los ámbitos de la medicación y la farmacia impide que el dolor se haga lenguaje e incluso crítica. Con ello el dolor queda privado de su carácter de objeto, e incluso de su carácter social. La sociedad paliativa se inmuniza frente a la crítica insensibilizando mediante medicamentos o induciendo un embotamiento con ayuda de los medios. También los medios sociales y los juegos de ordenador actúan como anestésicos. La permanente anestesia social impide el conocimiento y la reflexión, y reprime la verdad. En su Dialéctica negativa, escribe Adorno: “La necesidad de prestar voz al sufrimiento es condición de toda verdad. Pues el sufrimiento es objetividad que pesa sobre el sujeto; lo que este experimenta como lo más subjetivo suyo, su expresión, está objetivamente mediado”. El dispositivo de felicidad aísla a los hombres y conduce a una despolitización de la sociedad y a una pérdida de la solidaridad. Cada uno debe preocuparse por sí mismo de su propia felicidad. La felicidad pasa a ser un asunto privado. También el sufrimiento se interpreta como resultado del propio fracaso. Por eso, en lugar de revolución, lo que hay es depresión. Mientras nos esforzamos en vano por curar la propia alma, perdemos de vista las situaciones colectivas que causan los desajustes sociales. Cuando nos sentimos afligidos por la angustia y la inseguridad, no responsabilizamos a la sociedad sino a nosotros mismos. Pero el fermento de la revolución es el dolor sentido en común. El dispositivo neoliberal de felicidad lo ataja de raíz. La sociedad paliativa despolitiza el dolor sometiéndolo a tratamiento medicinal y privatizándolo. De este modo se reprime y se desbanca la dimensión social del dolor. Los dolores crónicos que podrían interpretarse como síntomas patológicos de la sociedad del cansancio no lanzan ninguna protesta. En la sociedad neoliberal del rendimiento, el cansancio es apolítico en la medida en que representa un cansancio del yo. Es un síntoma del sujeto narcisista del rendimiento que se ha quedado desfondado. En lugar de hacer que las personas se asocien en un nosotros, las aísla. Hay que diferenciarlo de aquel cansancio colectivo que configura y cohesiona una comunidad. El cansancio del yo es la mejor profilaxis contra la revolución. 
   El dispositivo neoliberal de felicidad cosifica la felicidad. La felicidad es más que la suma de sensaciones positivas que prometen un aumento del rendimiento. No está sujeta a la lógica de la optimización. Se caracteriza por no poder disponer de ella. Le es inherente una negatividad. La verdadera felicidad solo es posible en fragmentos. Es justamente el dolor lo que preserva a la felicidad de cosificarse. Y le otorga duración. El dolor trae la felicidad y la sostiene. Felicidad doliente no es un oxímoron. Toda intensidad es dolorosa. En la pasión se fusionan dolor y felicidad. La dicha profunda contiene un factor de sufrimiento. Según Nietzsche, dolor y felicidad son “dos hermanos, y gemelos, que crecen juntos o que […] juntos siguen siendo pequeños”. Si se ataja el dolor, la felicidad se trivializa y se convierte en un confort apático. Quien no es receptivo para el dolor también se cierra a la felicidad profunda: “La abundancia de especies del sufrir cae como un remolino inacabable de nieve sobre un hombre así, al tiempo que sobre él se descargan los rayos más intensos del dolor. Solo con esta condición, estar siempre abierto al dolor, venga de donde venga y hasta lo más profundo, sabrá estar abierto a las especies más delicadas y sublimes de la felicidad”.
 
Supervivencia


   El virus es el espejo de nuestra sociedad. Refleja la sociedad en que vivimos. Hoy se absolutiza la supervivencia, como si nos halláramos en un permanente estado de guerra. Todas las fuerzas vitales se emplean para prolongar la vida. La sociedad paliativa resulta ser una sociedad de la supervivencia. En vista de la pandemia, la enconada lucha por la supervivencia experimenta una radicalización viral. El virus invade la zona paliativa de bienestar transformándola en una cuarentena en la que la vida se anquilosa por completo en una supervivencia. Cuanto más se reduce la vida a mera supervivencia, tanto más miedo se tiene de morir. La algofobia es en último término una tanatofobia. La pandemia vuelve a hacer visible la muerte, que meticulosamente habíamos reprimido y desterrado. La omnipresencia de la muerte en los medios de masas pone nerviosa a la gente. 
   La sociedad de la supervivencia pierde toda la capacidad de valorar la vida buena. Incluso el disfrute se sacrifica a una salud elevada a fin en sí mismo. El rigor de la prohibición de fumar es un testimonio paradigmático de la histeria por sobrevivir. También el disfrute debe ceder a la supervivencia. La prolongación de la vida a cualquier precio se acaba convirtiendo a nivel global en el valor supremo, que relega todos los demás valores. De buena gana sacrificamos a la supervivencia todo lo que hace a la vida digna de ser vivida. A causa de la pandemia se asume, sin hacer preguntas incluso, la restricción radical de derechos fundamentales. Acatamos sin rechistar el estado de excepción, que reduce la vida a la pura supervivencia. Bajo el estado de excepción viral nos confinamos voluntariamente en la cuarentena. La cuarentena es una modalidad viral del campo de internamiento en el que impera la pura supervivencia. En tiempos de pandemia, el campo de trabajo neoliberal se llama “teletrabajo”. Lo único que lo diferencia del campo de trabajo del régimen despótico es la ideología de la salud y la paradójica libertad de la autoexplotación. 
   Como consecuencia de la pandemia, la sociedad de la supervivencia prohíbe las misas, incluso en Pascua. Hasta los sacerdotes guardan la distancia social y llevan mascarillas protectoras. Sacrifican completamente la fe a la supervivencia. Paradójicamente, la caridad se expresa guardando la distancia. El prójimo es un potencial portador del virus. La virología derroca a la teología. Todo el mundo está pendiente de lo que dicen los virólogos, que de este modo pasan a ser quienes tienen la última palabra. La narrativa de la resurrección queda totalmente desbancada por la ideología de la salud y de la supervivencia. En vista del virus, la fe degenera en farsa. Es sustituida por la unidad de cuidados intensivos y por respiradores. Se cuentan los muertos a diario. La muerte domina por completo la vida. La vacía convirtiéndola en supervivencia. 
   La histeria por sobrevivir hace que la vida sea radicalmente pasajera. La vida se reduce a un proceso biológico que hay que optimizar. Pierde toda dimensión meta-física. El self-tracking o autorrastreo se acaba convirtiendo en culto. La hipocondría digital, la permanente automedición con aplicaciones de salud y de fitness degrada la vida a una función. La vida es despojada de toda narrativa que le otorgue sentido. Ya no es lo narrable, sino lo medible y numerable. La vida se queda desnuda y hasta se vuelve obscena. Nada promete duración. También se han desvanecido por completo todos aquellos símbolos, narrativas o rituales que hacían que la vida fuera más que mera supervivencia. Prácticas culturales como el culto a los antepasados dan una vitalidad también a los muertos. La vida y la muerte se asocian en un intercambio simbólico. Como hemos perdido por completo aquellas prácticas culturales que dan estabilidad a la vida, impera la histeria por sobrevivir. Si hoy nos resulta especialmente difícil morir, se debe a que ya no es posible hacer que el final de la vida llene a la muerte de sentido. La vida es interrumpida a destiempo. Quien no es capaz de morir en el momento oportuno forzosamente perecerá a deshora. Envejecemos sin hacernos mayores. El capitalismo carece de la narrativa de la vida buena. Absolutiza la supervivencia. Vive de la fe inconsciente en que un aumento de capital significa una disminución de muerte. Se acumula capital para escapar de la muerte. Nos  imaginamos el capital como la capacidad de sobrevivir. Dado que el tiempo de vida es limitado, se hace acumulación del tiempo del capital. La pandemia conmociona al capitalismo, pero no lo elimina. No aporta ninguna narrativa contraria al capitalismo. La revolución viral no llegará a producirse. La producción capitalista no se desacelera, sino que se detiene a la fuerza. Reina una paralización nerviosa, una calma tensa. La cuarentena no conduce a la ociosidad, sino a una inactividad impuesta. No es un lugar en el que demorarse. Lo que sucede en vista de la pandemia no es simplemente que se priorice la salud por encima de la economía, sino que incluso toda la economía del crecimiento y del rendimiento se subordina a la supervivencia. Hay que oponer la preocupación por la vida buena a la lucha por la supervivencia. La sociedad dominada por la histeria de la supervivencia es una sociedad de muertos vivientes. Somos demasiado vitales como para morir, y estamos demasiado muertos como para vivir. Cuando nos preocupamos exclusivamente por la supervivencia, nos parecemos al virus, ese ser no muerto que no hace más que multiplicarse, es decir, que sobrevive sin vivir realmente. 
   La sociedad paliativa es una sociedad de la positividad. Se caracteriza por una permisividad ilimitada. Sus lemas son “diversidad”, “comunidad” o “compartir”. Se hace desparecer al otro en cuanto que enemigo. La circulación de información y capital, que hay que acelerar, alcanza su máxima velocidad cuando no se topa con ninguna resistencia inmunológica en lo distinto. Por eso se allanan las transiciones y se convierten en meros pasos. Se eliminan las fronteras. Se derriban los umbrales. Se desactiva radicalmente el rechazo inmunológico de lo distinto. 
   Como en los tiempos de la Guerra Fría, la sociedad organizada inmunológicamente vive rodeada de vallas y de muros. El espacio consta de bloques separados. Pero las barreras inmunológicas ralentizan la circulación de mercancías y de capital. La globalización, que se puso en marcha con gran fuerza tras el fin de la Guerra Fría como un proceso de desinmunización, suprime radicalmente esas barreras para acelerar el flujo de mercancías y de capital. La negatividad del enemigo, que tiene mucha eficacia inmunológica, no tiene cabida en la constitución de la sociedad neoliberal del rendimiento. Aquí uno guerrea sobre todo contra sí mismo. La explotación por otros da paso a la autoexplotación voluntaria. 
   Pues bien, el virus desencadena una crisis inmunológica. Invade la sociedad permisiva, que está muy debilitada inmunológicamente, y la sume en un estado de shock que la paraliza. En medio del pánico las fronteras se vuelven a cerrar. Los espacios se aíslan unos de otros. Se restringen radicalmente los movimientos y los contactos. La sociedad entera retrocede a la modalidad de rechazo inmunológico. Aquí nos hallamos ante un regreso del enemigo. Guerreamos contra el virus como enemigo invisible. 
   La pandemia actúa como el terrorismo, que también ataca a la pura supervivencia trayéndole la pura muerte, provocando con ello una enérgica reacción inmunológica. En los aeropuertos se trata a todo el mundo como si fuera un terrorista potencial. Nos sometemos sin rechistar a unas humillantes medidas de seguridad. Permitimos que cacheen nuestro cuerpo en busca de armas escondidas. El virus es un terror que viene del aire. Cada uno de nosotros es sospechoso de ser un potencial portador del virus, lo cual genera una sociedad en cuarentena y acabará trayendo un régimen policial biopolítico. La pandemia no pone en perspectiva ninguna otra forma de vida. En la guerra contra el virus, la vida es más que nunca mera supervivencia. La histeria por sobrevivir se recrudece viralmente.

(Fragmento del libro La sociedad paliativa,
Editorial Herder, 2021)

Byung-Chul Han (Corea del Sur, 1959)
 


Datos sobre el autor: Byung-Chul Han es un filósofo y ensayista experto en estudios culturales y profesor de la Universidad de las Artes de Berlín. Está considerado como uno de los filósofos más destacados del pensamiento contemporáneo por su crítica al capitalismo, la sociedad del trabajo, la tecnología y la hipertransparencia.




sábado, 4 de septiembre de 2021

La luna tiembla en mi cuerpo de agua


 








Cuaderno de viaje a Santa Fe
 
2
 
 
          En el lugar
donde fui feliz, creció como loco
          el pasto.
 
 
4
 
 
          Rojo
sembrado, manos de tabaco
          y ojos de miel.
 
 


Cuaderno de Paraná
 
3
 
 
          Instante en que la vida
es una música. En el fondo de mis ojos
          late otro corazón.
 
 
6
  
 
          Mojándose en la orilla
del Paraná, ramas de un árbol que salen
          de un sueño.
 
 
13
 
 
          Incendiadas islas del Paraná. El mundo
está peligrosamente iluminado, un hospital
          para almas moribundas.
 
 
14
 
 
          Nubes negras, como soldados
que se dispersan. El cielo se va abriendo
          como una bandera.
 
 
 
15
 
 
          Frente al sol
de la mañana, solo habla
          el río.
 
 
28
 
 
          Suenan chicharras. ¿Pasa
el río o se va? El verano
          esta con su camisa abierta.
 
 


 
Cuaderno de Mar del Plata
 
                    

9
 
 
           Invitado a la fiesta
de la tarde, escucho el canto del viento
           y del agua. 
 
 
 
                    

16
 
 
          Noche clara de verano,
y de pronto esos ojos fijos
           en mí.
   
(De : La luna tiembla
en mi cuerpo de agua (Barnacle, 2021,
envío de Alberto Cisnero)
 
Fabián Herrero
 


 
Fabián Herrero (Santa Fe, Argentina, 1965). Profesor en Historia (UNL) y Doctor en Historia (UBA). Investigador de Conicet (UBA, Instituto Ravignani). Pro-fesor titular ordinario, Universidad autónoma de Entre Ríos (sede Paraná). Publicó, como historiador, más de diez libros y más de 40 artículos en revistas nacionales e internacionales. Como poeta formó parte de dos plaquetas, editadas en 1988. Por la UNL, Santa Fe, “Selección poética Santa Fe al norte”, junto a Alicia Acosta y Roberto Aguirre Molina. Y por Ediciones delanada, Santa Fe, “Poemas de Washington Castro”, junto a Alicia Acosta y Litto Ganchier. En la década de 1980 formó parte de los talleres literarios coordinados por Hugo Gola y también los dirigidos por Edgardo Russo y Juan Manuel Inchauspe. Ha publicado diez libros de poesía. El mundo no parece estar aquí (1998) y Sueños del tamaño de un niño (2000), en Ediciones del Dock, Buenos Aires; En el barco de la noche (2002), en Ediciones delanada, Santa Fe; Los pasos que nos separan de los sueños (2004), Palabras que tiemblan en el corazón (2006) y Mirando pasar las nubes (2006) por Ediciones Cooperativas (UBA), Buenos Aires; Cielo, momentos, caminatas editado por Rangún, Buenos Aires, 2018; Sobre la tierra y Entre Aguas (2020) en Editorial Ana, Paraná; Una casita que arde y la antología, Quién no le tiró una piedrita al mundo. Poemas 1988-2018, ambos por Alción, Córdoba, 2020. Participó en el Festival Internacional de Poesía de la ciudad de Rosario, y publicó poemas en Hablar de poesía, n.° 6 y en Katana, n.° 3.  Actualmente reside en Mar del Plata.